¡Las Malvinas son argentinas!
Las Islas Malvinas son un archipiélago de unas 200 islas, sobre las que destacan 2 principales. Se encuentran junto a la Tierra de Fuego, y han ido pasando de unas manos a otras sin que nadie reconozca oficialmente su pertenencia: franceses, españoles, argentinos, ahora ingleses…
Los argentinos tienen una espina clavada con este tema, y por todos lados puedes ver carteles de “Las Malvinas son Argentinas”, incluso en la frontera con Chile:
El sábado llegamos al Calafate, base del Glaciar Perito Moreno, con nuestro habitual día de retraso. El Calafate es otro sitio muy similar al estilo de lo que hemos visitado por toda la Patagonia: calles anchas, edificios de 1 altura (máximo 2), siempre cuadrículas perfectas, y los habituales nombres: San Martín, 9 de julio, 25 de mayo, Rivadavia…
Entramos por la calle principal del pueblo, y lo primero que vimos fue un HI (Hostel International) que, en base a nuestras anteriores experiencias, están muy bien, a un precio razonable. Aparcamos las motos delante, como es nuestra constumbre al llegar a un pueblo a pernoctar. Este era el Hostel Del Glaciar, casa antigua de madera, reformada y muy acogedora, tres escalones para la puerta principal a pie de calle, donde nos encontramos a uno de los dueños, con el que charlamos sobre las motos y por supuesto comprobamos que teníamos acomodo, nuestra habitual habitación con dos camas y baño privado (y WIFI, por supuesto…).
Después de nuestra ducha salimos a dar una vuelta por el pueblo, como es habitual también, apenas caminas la calle principal y te cruzas con el 95% de todo lo que el pueblo puede ofrecerte.
La mañana siguiente teníamos la obligada excursión al glaciar, así que cogimos nuestras motos y nos dirigimos hacia el Perito Moreno. Casi 100 kms más allá, previo pago de la entrada de rigor, nos encontramos ante el colosal glaciar: una masa de nieve y hielo cuyas lenguas descienden por detrás de las dos montañas para juntarse en una brutalidad blanca, con la que te puedes mirar cara a cara a apenas unos metros de distancia, enfrente de él. Te puedes tirar horas observándolo, cada lado, cada metro, y escuchar los atronadores ecos que produce cada trozo al desprenderse. Si te quedas un rato, puedes ver algunos y, sobre todo, escucharlos.
Volvimos de nuevo a El Calafate, comida, descanso y paseo vespertino por los puestitos hippies, una pulserita por aquí, unas risas con un “fumao” por allá… y aún teníamos que decidir si quedarnos un día más y aprovechar para hacer alguna excursión turística, o seguir nuestra ruta hacia el norte, puesto que estábamos muy alejados aún de Buenos Aires y nos quedaban muchas cosas por el camino.
Finalmente, y después de nuestro bife de ternera en La Tablita, una buena parrilla del pueblo, y tras consultar a mi querida Quilmes para que nos prestara orientación en nuestra decisión, decidimos seguir camino a la mañana siguiente, lunes. Después de hacer el check-out nos dirigimos a uno de los mejores hoteles de El Calafate para desayunar con Ana, una amiga que casualmente había llegado hacía apenas un par de horas al pueblo a pasar unos días, lo que hizo que pudiéramos pasar un rato comentando nuestra visión de lo que se podía hacer por allí y, sobre todo de Ushuaia, su próximo destino (que creo que disfrutó mucho!).
Dejando atrás El Calafate, nuestra intención era El Chaitén, solo por la visita de rigor, pero a medida que subíamos decidimos no desviarnos y proseguir rumbo norte, nuestra primera meta volante sería Tres Lagos, donde había una gasolinera que abre paso al ripio de la famosa RUTA 40. El viento soplaba fuerte, de costado como era de esperar, y los primeros kilómetros de ruta se hicieron duros: gravilla muy espesa, y el viento de lado, nuestra velocidad no iba más allá de los 40 kms/h, salirte de la estrecha huella que dejan los coches sería sinónimo de caída, y el viento racheado hace que la moto entera pegue bandazos y puedas pisar fuera de huella, en la montañita de gravilla de un par de palmos de altura, donde la rueda se clava y la moto se gira. Así que despacito y con buena letra, nos íbamos adentrando en la 40, como el que se mete en la boca del lobo. Próxima meta volante del día, Gobernador Gregores, a unos 200 kms. A mitad de ruta, y como de la nada, surgó una pequeña fonda donde pudimos parar a descansar unos minutos. El gaucho que nos atendió, con su boina gaucha, su tez morena del sol y dura del viento, y su complicado acento paisano, solo nos repetía una y otra vez “La Pampa La Chica, está brava”, o eso entendíamos. Nuestra libre traducción, después de darle muchas vueltas, viene a ser algo como “Tened cuidado más adelante, cuando salgáis de nuevo a la pampa, cuyo nombre original era “La Chica”, y donde los vientos soplan fuertes…”
Llegamos hacia las 20h al pueblo Gobernador Gregores, y la primera parada era la de combustible. Siempre hay que llenar donde te encuentres gasolina, y siempre lo primero, porque si lo dejas para la mañana siguiente, puede ser que ya no haya. Pregunté al “gasolinero” dónde hospedarnos, y me dirigió a un sitio, como siempre, limpio, habitación confortable, baño propio y, por supuesto, WIFI
También le pregunté por el centro del pueblo y se miraba extrañado con el otro hombrecillo que allí nos miraba: “Es esto…” Vaya, que menuda pregunta la mía en un pueblo de 300 habitantes.
Después de la duchita de rigor, salimos en busca de algún sitio donde cenar, y preguntando un par de veces siempre nos dirigieron al único sitio que había, curiosamente un hotelillo al otro lado de la calle principal, donde degustamos un pescadito del lago con puré de patata, unas frutillas con crema (fresas con nata) y por supuesto unas Quilmes, ay que gran compañera…
Nuestro destino en los próximos 2-3 días era Bariloche, y pensamos en subir por el lado chileno, mucho más excitante y montañoso. Así que al levantarnos nuestra primera tarea era la de cambiar mi cable de embrague, que tanto había sufrido y que prácticamente se había roto casi por completo el día anterior (para los más técnicos, me pasé todo el día cambiando de marcha sin tocar el embrague). En el taller del pueblo, el buen hombre apenas había tocado una moto en su vida, era más de coches, y echándole un vistazo nos insinuó la forma de hacerlo, puesto que él estaba muy liado. Ni cortos ni perezosos nos pusimos a ello, es sencillo, pero un lío porque debes desmontar todos los plásticos laterates, y eso es más coñazo. Un par de horas más tarde estábamos arrancando nuestras motos, no sin antes darnos un buen desayuno en el mismo hotel en el que cenamos la noche anterior.
Eran casi las 14h, y cogíamos de nuevo la ruta 40 dirección norte, para dirigirnos hacia el oeste y pisar Chile de nuevo en un par de horas. De camino nos quedaba “Bajo Caracoles”, un pueblo de 20 habitantes pero con una gasolinera, fundamental en estos lares, pero estaba más seca que un polvorón. Menos mal que preveímos esto y llevábamos cada uno 10 litros de nafta en nuestras maletas, como se dice aquí, “por las dudas”…
Volvimos a las motos y vimos una sospechosa mancha bajo la moto de Pedro: el radiador. No puede ser, otra vez, esta vez la otra moto. Tratamos de buscar la fuga, contrariados porque estábamos en mitad de la nada y no sabíamos lo que aguantaría. El conductor de un autobús que estaba allí parado le echó un vistazo y concluyó: “Eso son las barillas del radiador, que pierden; no importa, echadle un poco de pimentón al líquido refrigerante, y eso lo sellará”. Por supuesto que le agradecimos su ayuda y ni de coña le echamos pimentón. En estos casos, la máxima es siempre la misma: LLAMAR A MARIANO. Pero, claro, en mitad de la nada no hay ni señal de móvil, así que después de que se enfriara, rellenamos de líquido el radiador, y procuramos que no llegara a 80ºC el resto de la ruta, que es cuando el circuito del líquido empieza a moverse y, por tanto, a gotear. Esta tarea de mantener el motor semifrío en asfalto no es complicada, pero en ripio es otra cosa, y aún nos quedaban muuuuchos kms….
Así que sobre la marcha variamos un poco la idea de pasar a Chile ese día y seguimos hacia el norte. Tener algún problema con la moto en territorio argentino, por muy inhóspito que sea, es más fiable que estar en Chile, donde sería más complicado gestionarlo con Mariano, así que el pueblo Perito Moreno (no confundir con el glaciar, mucho más al sur, en El Calafate) era nuestro objetivo para el día lluvioso y negro que estábamos teniendo. Toda esa zona de la RUTA 40 se está asfaltando, cosa buena para los locales, pero si queréis aventura y ruta salvaje, más os vale venir pronto a vivirla porque en un par de años habrá poco ripio…
Unos 100 kms antes de Perito, bajo una lluvia importante y superados los 310 kms de autonomía, las motos se pararon. Sacamos nuestras garrafas de gasolina, y una vez más alimentamos nuestras Transalp con 10 litros cada una. NOTA: si viajas en moto por estas zonas de ripio y baches, no llevéis la gasolina en garrafas de agua (se rompen y pinchan con facilidad), comprad en cualquier ferretería o gasolinera bidones.
Los últimos 40 kms a Perito están ya asfaltados, y aunque nos gusta la aventura, después de varias horas en esos caminos y con las dudas del radiador se agradece finalizar la ruta lluviosa por pavimento. Llegamos al pueblo y lo primero de todo… cargar nafta. Luego buscamos un hotel, nos encontramos primero un señor que alquilaba habitaciones pero no tenía WIFI, y que nadie en el pueblo tenía… “Sí, ya, pero bueno, por las dudas, voy a comprobarlo..”, fue mi respuesta. Todos los hoteles tenían WIFI, como he comentado en otras ocasiones, en otras cosas no están todo lo bien que deberían, pero en internet, hasta en el fin del mundo!
Cenita en el mismo hotel mientras Paca y Tola dormían en cochera cubierta, y habitaciones separadas (solo les quedaba un apartamentito de dos habitaciones separadas por un baño, así que Pedrín, al enésimo día, durmió…
Salimos de Perito Moreno después de comprar refrigerante para parar un tren e ir echando durante el viaje. Mariano nos había contactado y estaba enviando un nuevo radiador a Esquel, donde dormiríamos un par de días después. Así que Pedrín, Paca, Tola y servidor, nos fuimos dirección Chile, para rodear el espectacular lago que serpentea entre los Andes, más de 200 kms atravesando esos montes por el medio de la naturaleza, precipicios, paisajes… lo que nos llevó a Puerto Tranquilo, un sitio obviamente muy tranquilo de apenas 200 habitantes, donde estaba todo lleno. Eran las 20h, llovía, casi anocheciendo, y todas las hosterías repletas y con el problema de que no teníamos pesos chilenos, solo euros y pesos argentinos. Los chilenos no quieren moneda del país vecino (salvo muy cerca de las fronteras), y el euro lo miran con recelo; la solución es llevar dólares, que les encantan.
Total, que acabamos durmiendo en la famosa “Casa de la señora” que tanto juego ha dado en facebook, por cierto situada en la calle “los Chochos”. El tema de pagar lo arreglamos con un amable señor que nos hizo el favor de cambiarnos moneda argentina por chilena, suerte la nuestra.
Después de conseguir conectarnos en internet en el único ordenador del pueblo que tenía (aquí sí que wifi imposible), nos dirigimos hacia el único bar del pueblo, donde nos tomamos un par de cervezas y empanada de carne para cenar, conversando con el dueño, un gaucho chileno que nos explicó que eran las fiestas del pueblo, y que había rodeos autóctonos en los que puntuaba arrinconar al ternero en diferentes lugares del ruedo, y algunas peculiaridades. Después de hacer nuestra contribución a una de las candidatas a Reina de las Fiestas que se elegía al día siguiente, y llevarnos un beso de ella, nos fuimos a dormir, calle Los Chochos, 200.
Amanecimos más pronto de lo habitual, y volvimos a desayunar al bar del Willy, el gaucho de la noche anterior, y el único que nos dejaba pagarle con euros. Echamos gasolina y salimos de Puerto Tranquilo, en la que sería la etapa más larga y probablemente dura de todas hasta ahora. Nuestro objetivo de ese día, jueves, era subir hacia el norte todo lo que pudiéramos. Nos planteamos subir siempre por Chile, pero el radiador de la moto nos esperaba en Esquel, y no queríamos arriesgar, así que nos dirigimos rumbo norte hacia la frontera. Depués de unos 200 kms más de ripio llegamos de nuevo al asfalto, a la localidad de Balmaceda, donde nos esperaba la frontera. Tratamos de cargar gasolina pero fue imposible, unos nos decían que fuéramos a tal casa a preguntar, un taxista me dirigió hacia una señora de un kiosko que al parecer de vez en cuando vende Nafta, pero no tenía: “Pregunta a los gendarmes, suelen tener”… Tampoco me pudieron ayudar ellos. Casi podíamos tocar la frontera con los dedos pero tuvimos que seguir hacia el norte por Chile, hasta Cohaique. Pasar la frontera en ese punto hubiera sido un suicidio, puesto que Río Mayo, nuestro siguiente objetivo con Nafta, distaba demasiado para lo que nos quedaba de autonomía.
Cohaique estaba al norte unos 50 kms más, así que después de llegar por asfalto, repostar y comer, la frontera distaba unos 30 kms, y nos llevaría también a Río Mayo siempre por camino no asfaltado. Cansados, llegamos a esta pequeña localidad argentina, eran ya las 21h y debíamos seguir, de nuevo en la RUTA 40 esta vez asfaltada, dirección Esquel, unos 400 kms más al norte, ¿llegaríamos? Ya veremos…
La noche había caído, y el asfalto, aunque era bueno, no tenía líneas pintadas; esto incrementa la dificultad ante una noche oscura y en una carretera en medio de una esplanada, sin nada alrededor, no tienes puntos que te guien u orienten, apenas distingues dónde acaba el asfalto por los lados y donde empieza la cuneta de gravilla. Pero a los pocos kilómetros de incertidumbre, y ante un tráfico más bien escaso, nos adelantó un peugeot 206 con las lunas tintadas, que puso los cuatro intermitentes y comenzó a reducir su velocidad, así que paramos junto a él para ver qué quería. La hospitalidad argentina nos dejó atónitos una vez más, un chaval de nuestra edad cuyas primeras palabras fueron: “Cómo les va? Quieren comer algo? Tengo un bocata de milanesa ahí, si lo quieren les invito“. “No gracias, ya hemos cenado”. Su siguiente comentario fue: “Es complicado conducir por ahí de noche en moto, porque se ve mal, si quieren yo voy en la misma dirección que ustedes, pueden seguirme“. De nuevo nuestro asombro fue increíble mientras le seguíamos, y él procuraba anticiparse a las curvas y avisarnos, acelerando donde se podía, frenando varias veces donde creía que podíamos ver menos”. 150 kms más allá llegamos a Gobernador Costa, donde teníamos pensado pasar la noche. Nuestro guía paró para despedirse y orientarnos sobre dónde habría un hospedaje y, sin más, se fue. Los argentinos son increíbles.
Pasar la noche no fue fácil, o no pintaba que iba a serlo. Eran fiestas en el pueblo y los pocos hospedajes que había estaban recompletos. Nuestra última opción, el Hotel Sudamericano, también nos respondía con un “no”, a las 2am y a 200 kms del siguiente pueblo. Nuestro gozo en un poco, pero los argentinos son buena gente, y este no lo iba a ser menos. Depués de 15 minutos de insistirle, decirle que llegábamos helados, que no teníamos más opciones, se apiadó de nosotros, y nos ofreció un par de los sofás de la zona común del hotel, incluso nos dejó unas mantas y almohadas, y nos salvó la noche, porque me veía en el cajero del pueblo metido.
Amanecimos el viernes prontito para no intimidar al personal, dos moteros grandes tirados en los sofás no era lo más apropiado, así que la ruta comenzó más pronto de lo habitual para recorrer los 200 kms que nos llevarían a Esquel, donde descansaríamos 1 día y cambiaríamos el radiador de la moto de Pedro. Juan Toppazini, de Talleres Toppazini, fue el encargado de operar a Paca y nos comentó que vienen muchas motos a su taller por temas similares. Las rutas argentinas son criminales para las motos, se les somete a mucha caña, y nosotros damos fe de ello, hasta la más dura no se resistiría a pasar por un taller a lo largo del viaje.
El sábado pusimos rumbo a Bariloche a través del Parque Nacional Los Alerces, una ruta alternativa a la aburrida asfaltada habitual, que nos llevaría por unos bonitos paisajes bordeando lagos y montañas, rodeados de alerces, unos árboles altos y fuertes que hacían del bosque algo especialmente bonito. A la salida del parque nos topamos con Chollila, un pueblecito también en fiestas, en este caso la fiesta del asado. Imaginarnos salivando bajo nuestros cascos mientras las motos se dirigían hacia la columna de humo que hacía preveer la matanza que se estaba asando debajo. Y como una imagen vale más que mil palabras:
Así que después de acabar con todo lo que había, y por sólo 5 euros, fuimos invitados a salir de la fiesta y no volver por allí. Desde entonces la ternera y el cordero están protegidos en esta zona.
Y así, con el estómago lleno, llegamos a Bariloche, bajo una intensa lluvia con la que nos recibió esta bonita ciudad al borde de un lago y a los pies de los primeros Andes, con un estilo suizo fácilmente reconocible.
Este viernes debemos estar en Buenos Aires para devolver nuestras motos, y esta vez no será Argentina quien llore por nosotros, sino nosotros por tener que despedirnos de ella…
Miguel
La vuelta al Mundo sin Ewan McGregor
Los aficionados a la moto de aventura hace tiempo que conocemos las aventuras de Ewan McGregor y su amigo. El actor se ha dedicado últimamente a pegarse varios viajes divertidísimos en sus BMW GS1200 por el mundo, los cuales creo que en España está empezado a poner en televisión.
Carlos es otro humilde aficionado a esto de las motos, al igual que yo y otros muchos, que un día decidió aparcar su ordenada vida madrileña para subirse a su moto y recorrer miles de kilómetros. Esto fue allá por agosto del año pasado y su aventura está a punto de terminar, en Indonesia, amén de que finalmente toque Australia.
Ewan McGregor lleva la mejor moto, tiene un equipo de personas trabajando constantemente en la ruta y papeleos, coches de apoyo para cualquier imprevisto… Carlos, no. Por eso decidió llamar a su aventura “La vuelta al mundo Sin Ewan McGregor”, y a su web www.sinewan.com.
El otro día le publicaron un artículo en La Vanguardia Digital: Una Moto y sin Ataduras.
Y, al final, te sientes identificado, por que todo se resume a eso: una moto, y sin ataduras.
Saludos
Miguel
De Argentina a Argentina, y Chile porque me toca…
Dejar Ushuaia fue casi tan duro como Puerto Madryn hace una semana. Estar en el fin del mundo, una tierra que daba subsitencia a los nómadas Yámanas, tribu que curiosamente y a pesar del frío de las tierras (más hace varios siglos, antes de que empezáramos a recalentar nuestro planeta) no se tapaban con ropas, sino que iban semidesnudos. Sus argumentos se basaban en que estas tierras húmedas y lluviosas empapaban cualquier cosa que pudieran ponerse encima, por lo que enfermaban continuamente. La solución que aplicaban era la de untarse con grasa de foca o ballena el cuerpo, consiguiendo una capa impermeable y aislante del frío y los agentes externos.
Además para esta gente el fuego era algo vital, y nunca dejaban que se apagase, incluso su condición de nómadas hacia que lo trasportasen en sus canoas. De ahí el nombre que la gente de Magallanes le dio a las tierras más al sur (debajo de la Patagonia), Tierra de fuego, por que desde los barcos se veían siempre un sinfín de hogueras a lo largo del canal. Todo esto se acabó cuando los españoles, luego los ingleses, luego otra vez los españoles, y todo el que pasaba por aquí, decidió arrasar estas tribus “porque sí”, y apropiarse de una tierra en la que se vivía en paz.
Los buenos moteros amanecen casi con el sol para ponerse en ruta, así que el miércoles por la mañana estábamos Pedro y yo acabando nuestro café antes de partir, a eso de las 11 de la mañana (somos españoles, las cosas traquilitas…). Nos esperaba un día largo para salir de Ushuaia, atravesar la frontera, y dirigirnos esta vez hacia el oeste, para coger el barco que nos cruzaría el estrecho de Magallanes en tierras chilenas, y continuar nuestra ruta hacia el norte.
Así que dijimos adios al fin del mundo, y comenzamos a rodar por el pequeño puerto que tanta lluvia y frío nos trajo hasta aquí. Y debía estar el Sr. Tiempo ocupado en hacer sufrir a otros, por que las nubes se abrían a cada kilómetro que recorríamos, el viento apenas se notaba y disfrutábamos de unas curvas suaves y soleadas. El ripio húmedo que nos llevó a esa frontera días atrás nada tenía que ver, incluso los gendarmes argentinos se aplicaron en su trabajo para que apenas estuviéramos 5 minutos en la barrera. Todo iba demasiado bien, me preguntaba “¿Dónde está la cámara?”…y así disfrutamos de un agradable camino junto al mar durante kilómetros, para llegar al paso del barco en la localidad chilena de “Porvenir”. Primer pequeño inconveniente fue al tratar de llenar nuestros secos depósitos, que no cogían ni tarjeta ni pesos argentinos, ni nada que no fuera chileno, por lo que tuvimos que entrar en el pueblo en busca de un cajero y tema resuelto. La noche estaba cayendo, y el barco del estrecho solo pasaba una vez al día, a las 14h, así que Por-venir tarde nos quedamos allí a pasar la noche, en un pueblo que no tiene nada de nada, pero en un hostal probablemente el más acogedor de cuantos hemos pasado. Era como una casa antigua de madera, techos altos, unos salones y galerías preciosas, decorados con muy buen gusto y un calorcito tan acogedor que hizo que incluso cenáramos allí.
La mañana siguiente la pasamos entre internet, libros y mapas, a la espera de montarnos en el barco que nos llevaría a Punta Arenas, 2,5h más allá del mar que separaba ambas orillas. El día extrañamente volvía a acompañar, a pesar de la salvaje descarga de agua y viento huracanado de la noche anterior que hacía crujir las centenarias maderas de la casa como en las películas de terror. Y así, casi a las 17h del jueves, Paca y Tola volvían a rodar por las carreteras en dirección a Puerto Natales, preámbulo de la ruta del viernes… gasolina, hotel y la mejor parrillada hasta ahora (Restaurante Don Jorge), curiosamente en Chile, y eso que el listón está en niveles de record mundial.
Arrancó el jueves de nuevo con un sospechoso buen tiempo, y eso que salvo encima de nosotros solo se veían nubes negras y lluvias a nuestro alrededor. Nos dirigíamos a las espectaculares Torres del Paine, justo donde peor pintaba. Pasar otro día empapado en el ripio para no ver por la niebla lo que queríamos ver, mermaba nuestros ánimos, y así, por casualidad, a los pocos minutos de comenzar nos cruzamos con un militar chileno, al cual interrogamos sobre la mejor manera de llegar a nuestro destino, y como buen lugareño, nos hizo un pronóstico que era más que obvio, pero curiosamente y ante nuestra incredulidad, nos dijo que hacia las Torres hacía bueno, señalando en la supuesta dirección que yo, sinceramente, no veía más que nieve, lluvia y nubes negras. “Bueno, estaría vacilándonos, que le vamos a hacer…” NI UNA GOTA nos calló, y el día, aunque no plenamente soleado, nos permitió disfrutar de las expectaculares formaciones montañosas del Parque Natural.
Llevábamos tres días demasiado bien, así que era hora de que la cosa se truncara de nuevo… Llegamos a la “frontera” de nuevo, uno de los cientos de pasos que hay, era como estar en evasión o victoria, una valla atada con cuerda en medio de la nada y una casita que además de los dos mostradores para hacer el papeleo, tenía una mesa de ping pong. No me extraña, solo hay dos policias aquí y debemos ser los únicos en todo el día que venimos a pasar…
Se supone que además de los dos polis, la valla, y la mesa de Ping Pong, había un surtidor de gasolina (el cual necesitábamos), pero estaba vacío. Esto nos hizo volver al mapa, Tapi Aike estaba a unos 50 kms, llegaríamos, y allí hay otra gasolinera…
Y sí, la había, pero de nuevo vacía: “Hace unos días que no me queda nada”. “¿Y cuando cree que llegará?” “Mañana, pasado, quien sabe…” Me veía una semana enseñando a jugar al mus al individuo en cuestión, pero junto a la gasolinera había un minipuesto permanente de la policía, donde solo había un policía que, además, vivía allí, y que no pudo vendernos nada porque ni él tenía carburante: “Yo si queréis quedaros a dormir os abro una caseta (era de esas de obra que había junto a la casa)”. Nuestra última esperanza era que alguien nos llevara al próximo pueblo con gasolina, que paradoja de la vida, a 80 kms, un pueblo llamado “Esperanza”. Así que paramos a un coche, que amablemente nos llevó, y cuál es nuestra sorpresa que el de la estación de servicio nos recibe con un “Hace 10 minutos que se me acabó todo lo que tenía”.
No puede ser, son las 18h, estamos a 80 kms de nuestras motos, y no hay gasolina. Y oye, no hay mal que por bien no venga, allí estaba un operario de Telefónica, empresa que se ha tirado toda la vida sacándome los cuartos, y mira tú por donde iba a sacarme de un apuro: “Yo creo que tengo algo de Super en la furgo, vamos a ver anda…” Y justo: 11 litros, lo que necesitábamos. Después de pagársela a precio europeo, nos situamos de nuevo en la carretera para que alguien nos llevara, y ahí apareció un buen hombre que no calló en los 50 minutos de trayecto, pero que nos volvió a sacar de otra. Ahora debíamos volver 80 kms hacia atrás para llegar a Río Turbio, el único sitio donde supuestamente había combustible, y así fue, a las 21h, cansados, llenábamos nuestros depósitos en la única gasolinera del pueblo.
Herido nuestro orgullo por el retraso tan importante que sufrimos, montamos sobre Paca y Tola y pusimos rumbo a nuestro destino que era El Calafate, pero 170 kms después y con la noche encima, y el frío, tuvimos que domir en Esperanza, el pueblo que no tenía gasolina, pero sí el hotel más cutre por el que hemos pasado, el cual no voy ni a describir…
Y así llegó el sábado, y el día volvía a recibirnos sin viento ni lluvia, y El Calafate, antesala del expectacular Glaciar Perito Moreno, nos recibía con un acogedor calorcito de unos 15 grados, y aquí estamos desde entonces… ¡Pero eso será la próxima!
Ushuaia
Después de un par de días en Ushuaia, donde nos han tratado fenomenalmente bien como viene siendo costumbre, emprendemos ruta hacia “El Calafate” pasando un par de días por tierras chilenas para llegar allí.
Ushuaia es una ciudad muy acogedora, y con mucho turista. De aquí parten las expediciones hacia la Antártida, unos 1.000 kms al sur. Anoche cenamos con una pareja de holandeses que llevan en moto 6 meses desde Canadá hasta aquí, y que estos últimos 10 días estuvieron en una expedición a la antártida (por unos módicos 2.500€, si os animáis…) y nos han contado que es maravilloso.
Poco más que contar desde el fin del mundo, espero que disfrutéis del vídeo en el que por cierto youtube ha capado la música, lo siento (era American Pie, Don McClean).
El fin del mundo, el principio de todo
Tierra de Fuego es de las 23 provincias que dividen Argentina, la más austral, en realidad se denomina formalmente Tierra de Fuego, Antártida e Islas del Atlántico Sur por eso de que los argentinos se las tuvieron con los ingleses por las Malvinas (que no Maldivas…) y hay bastante enfrentamiento por los territorios antárticos, que se disputan argentinos, chilenos e incluso ingleses…
La denominación de Tierra de Fuego se debe a que las tribus nómadas de la zona hace cientos de años y debido al frío tenían constantemente hogueras encendidas en cada asentamiento, y cuando Magallanes y compañía se pasaron por esta zona la llamaron la tierra del fuego (no se complicaba mucho esta gente al dar nombres [Pataghon, Tierra de fuego...], se esmeraban más en devastar los poblados de estos pobres indígenas).
Ushuaia, la capital, se denomina la ciudad más austral del mundo (unos 50.000 habitantes), con permiso y discrepancia de la chilena Puerto Williams, que parece más un asentamiento militar chileno que una ciudad. Esta tierra fue bastante rica tiempo atrás, puesto que hasta la construcción del canal de Panamá era la ruta natural de llegar al Pacífico.
Salimos de Río Gallegos el viernes por la mañana despidiéndonos de nuestro paisano (segunda generación de asturianos) que bien nos trató en su hotel “El Viejo Miramar“ con la duda de si tocaríamos nuestro punto más lejano esa misma noche a unos 600 kms. de Gallegos: Ushuaia, aunque la cosa no pintaba bien: el tiempo era extraño, como abriéndonos una bonita puerta y con cara de diablillo, insinuando “Pasad, pasad, que ya os cogeré…” Además de las inclemencias climatológicas, lucharíamos contra 3 nuevos elementos: pasar la frontera argentino-chilena, cruzar nuestras motos en un supuesto barco y volver a pasar la frontera unos kilómetros más allá, para ingresar de nuevo en Argentina, única via terrestre de llegar a la tierra de fuego. Así que subimos cremalleras, impermeabilizamos nuestro equipaje, cargamos las lanzas y comenzó la batalla.
A los 100 kms. nos encontramos con la primera frontera, es curioso cómo los europeos ya no valoramos tanto la apertura de fronteras entre los países de la U. E., misma moneda, etc. Después de indicarnos dónde estacionar las motos e intuir que no llevaría más de 15 minutos poner dos sellos en los pasaportes, seguiamos preguntándonos después de 2 horas como es posible tal desastre organizativo… Al cabo de casi 3 horas, conseguimos volver a nuestras monturas. La duracción fue de 2h 45 min en la frontera Argentina, 15 minutos en la Chilena. Dejad de preguntar “¿Por qué?” Tampoco lo entendemos nosotros. Lo malo de esto es que nos quedaban muchos kilómetros, y habíamos perdido mucho tiempo, pero como buenos comedores, a los 10 kms. de pasar a Chile, en medio de la nada, surgió un bar que decía “comida casera”, y no lo dudamos, había que volver a alegrar estas caras, y Pedrín y Miguelín tienen un método infalible: solo tenía pechugas rebozadas con patatas (prácticamente era como comer en el comedor de la señora dueña) y aquí le tengo que decir a mi madre que le ha salido una excelente competidora en el rebozo de las pechugas…
Ya con la sonrisa, reanudamos la marcha con el corazón en Ushuaia, pero la cabeza sabía que habría que hacer noche en algún pueblo de esta tierra fría y espectacular: es como recorrer los high lands escoceses, día oscuro, lluvioso, nada alrededor, praderas amarillas hasta lo que la vista alcanzaba, algún lago que bordear de vez en cuando… Y así, después de unas decenas de kilómetros más, llegamos al “Balseo”, donde por apenas 35 pesos cada uno (unos 5 euros) ambos jinetes y motos pudimos atravesar el primer canal que nos metía en la gran isla.
Aún quedaban muchos kilómetros hasta Ushuaia, unos 400, y la tarde se hacía cada momento más oscura, lluviosa y, sobre todo fría, lo que hacía presagiar que nuestro destino no podría ir más allá de Río Grande, el último pueblo grande a unos 220 kms. de nuestro destino final, especialmente porque teníamos que volver a pasar la frontera, y no sabíamos si encontraríamos alguna sorpresa más, cosa que así fue…
Apenas nos habíamos bajado del barco y rodado unos kilómetros, cuando después de repostar en el último pueblo chileno de nuestra ruta, “Sombrero”, los chilenos debieron decidir que los 120 kms. hasta la frontera “pá qué los iban a esfaltar, total, eso va pa argentina, y nosotros no tenemos ná más por allí…” Pues nada, frío, lluvia, viento y… ¡ripio! Vamos, menú completo, con postre y café. Ushuaia estaba descartado ese día, nuestro nuevo objetivo era Río Grande, el día nos había ganado la batalla, pero arrieros somos y en el camino nos encontraremos, que llegaríamos a nuestro destino aunque fuera un día más tarde. Y así fue, al mal tiempo (nunca mejor dicho) buena cara, y disfrutamos de este ripio (camino de gravilla-tierra) como nunca: el ripio peor para circular en moto es el que tiene mucha piedrita suelta, pero este estaba tan pisado que apenas había peligro de caídas, así que llegamos a la frontera después de los más de 100 kms. en esas condiciones con las matrículas tapadas por el barro y nuestros trajes empapados: “Otra vez a esperar… A ver cuánto tiempo estamos aquí…” En este caso primero nos encontramos la frontera chilena, dos sellos, 10 minutos, y seguimos. A los pocos kilómetros, la temida argentina, suerte que no había mucha gente, y en unos 30 minutos solucionamos el trámite. Comenzaba de nuevo el asfalto, esta vez muy mojado, y yo solo pensaba en una ducha caliente. Pasadas las 21h llegamos a Río Grande, una ciudad no pequeña para lo que veníamos viendo (tienen un Carrefour, eso no lo tiene cualquiera
) y buscamos un hotel con cochera, para que los cuatro descansáramos. Y así fue, habitación, cena en el mismo hotel, y a dormir.
De nuevo nos levantamos con la primera preocupación habitual en estas latitudes: las nubes, y esta vez parecía que se habían cogido libre, porque apenas asomaban a lo que nuestra ventana del hotel alcanzaba. Desayuno, pago del hotel, y con la satisfacción de saber que en un par de horas el espíritu de Don Pelayo conquitaría Ushuaia por fin! Echamos a rodar, y en la única gasolinera que teníamos a mitad de los 220 kms. nos encontramos con dos españoles en moto, que venían de Ushuaia, y que no nos dieron buenas noticias sobre lo que nos encontraríamos: lluvia fuerte, algo de viento y más frío; bueno, al menos sería por buen asfalto, pensamos. Salimos de la gasolinera y las montañas que se interponían en nuestro camino empezaron primero a retorcer la carretera, cosa que apenas nos habíamos encontrado en los 3.000 kms anteriores prácticamente rectos, luego empezó a descargar agua, para más tarde diluviar, supongo que como veía que no conseguiría vencernos, empezó a soplar viento frío, hasta que tras una curva después de bajar el puerto la vimos, ahí abajo, apenas a 20 kms., y con el sol pegando sobre ella. Entramos en Ushuaia, dejó de llover, de soplar el viento… y buscamos nuestro alojamiento para las próximas tres noches, que resultó ser una casa de segunda generación polaca, muy amables, que además de guardarnos las motos nos ofrecieron unos de los apartamentitos con cocina que alquilan, en pleno centro de ushuaia.
Y aquí estamos, disfrutando como niños, en lo que se conoce como el fin del mundo, o el principio de todo.
Una de cal, y una de…ripio!
Cuando Magallanes llegó a San Julián (donde pasamos la noche de ayer) allá por el 1500 y pico, se encontró con unos nativos altos y grandes, que le recordaron a Pataghon, un conocido gigante de los cuentos de caballerías de la época, por lo que denominó a la región como “región de Patagones”, más tarde Patagonia.
La mañana del jueves (ayer) prometía. “Pedro, yo creo que hace menos viento que ayer, mira los árboles por la ventana”. “Sí, tiene pinta de que no va a ser tan dura como ayer, es todo un alivio”, me respondió él. Así que con una buena sonrisa, y poco pasadas las 10 de la mañana, entregamos las llaves de la habitación y bajamos al garaje a preparar las monturas, no sin antes darle de beber al nuevo radiador de mi Transalp, para lo que tuvimos que buscar algo que hiciera las veces de embudo junto con los 3 operarios que había en el garaje: “usaremos este troz de tubería fina”. El radiador de la Transalp está un poquito escondido y llegar a él sin quitar los plásticos y embellecerores es un poco complejo.
Y así, después de preparar las motos, atar las maletas, y guardar el trozo de tubería por si lo necesitábamos en el futuro, arrancó nuestro día de Comodoro a Puerto de San Julián, donde las historias sobre el viento más duro se repetían en internet a la altura de Caleta Oliva, un pueblo situado en nuestra ruta a unos 70 kms de nuestro punto de partida. Pero debía tener permiso el viento del oeste ayer, puesto que epenas notamos nada parecido a lo del día anterior.
Después de cargar combustible en una gasolinera que además de WIFI tenía un cerdo por allí campando a sus anchas, y que hacía las delicias de todos los que allí parábamos, seguimos rumbo sur RUTA 3 con destino Puerto San Julián, pero con la opción abierta de hacernos 400 kms más hasta Rio Gallegos (puerta de salida de la Patagonia y entrada a la Tierra de Fuego)desde allí si todo iba bien y ganar el día perdido en Trelew.
Apenas quedaban 30 kms, y circulábamos por la R3 que en este tramo venía abandonando la costa unos 10 kms al oeste, cuando apareció un cartel que decía “a puerto San Julián por camino costero, a la derecha”. Por supuesto que nos faltó tiempo para tomar ese camino, a pesar de que, como todo lo que no es la RUTA 3 aquí, era ripio. Las imágenes y videos que podeis ver son de esa zona.
Y así, en casi dos horas de disfrutar del paisaje, pararnos mil veces a escuchar el silencio del viento y disfrutar de la inmensidad de la vista, llegamos a San Julián, unos 500 años años después de que Magallanes hiciera lo propio al mismo sitio…
El día de hoy viernes, que nos ha traído hasta Rio Gallegos, ha sido un trámite muy complicado por el peor viento que hemos sufrido en nuestra vida durante los 400 kms de ruta, y con el peligro de los cientos de guanacos que te observan desde los lados de la carretera, pero que lejos de pensar en cruzar salen espantados ante el rugir de las motos…Mañana, si todo va bien, y después de unos 600 kms, pasar la frontera a Chile, coger un barco, pasar de nuevo a Argentina, llegaremos a lo que se conoce como fin del mundo o como le dice aquí: el principio de todo: Ushuaia.
Seguimos ruta…
En Puerto Madryn pasamos unos días muy buenos, la verdad es que me hubiera quedado allí más tiempo, no es que haya mucho que hacer, pero es muy acogedor. La gente es estupenda, el pueblo es un conjunto de calles ordenadas en forma de cuadrícula y de no más de 2 alturas salvo un par de hoteles. Tiene un paseo bastante largo con una playa importante, además de un motón de centros de buceo, donde dimos buena cuenta como os enseñamos en la anterior entrada del blog. La gente del centro de buceo que elegimos al azar (www.scubaduba.com.ar) fue estupenda desde el primer día que fuimos a por información (el mismo sábado por la tarde-noche), de hecho la jefa, Carolina, hizo un par de llamadas para meternos en el hostal que queríamos las siguientes dos noches, nos recomendó un par de sitios donde comer esos días, etc…
La moto seguía calentándose demasiado el lunes, depués del buceo, y Silvio (el dueño del hostal El Gualicho, donde nos quedamos, por cierto genial os lo recomiendo (www.elgualicho.com.ar), llamó a un amigo suyo del pueblo que tiene un taller de motos, El GATO MOTOS, que nos echó un vistazo y dijo que no era nada, que aparentemente todo funcionaba bien, el ventilador se activaba correctamente, etc…Mariano (quien nos alquiló las motos y está pendiente siempre de nosotros) me llamó e insistió en que pasáramos por Trelew, un pueblo que nos quedaba en la ruta a unos 65 kms de Madryn, antigua colonia Galesa, y donde nos esperaba Rino y sus hombres, un taller de motos estupendo.
Y así, con cierta pena el martes por la mañana, el asfalto de nuestra más fiel compañera en esta aventura, la RUTA 3 volvía a deslizarse bajo las ruedas de nuestras Transalp. Llegamos a Trelew, y una vez más los mismo nombres de las calles que veníamos viendo en nuestro anteriores días volvían a repetirse: Calle Ribadavia, Calle 9 de Julio, Calle 25 de julio, calle San Martín, Calle AJ Roca… Llegamos a eso de las 13h a Aventura Motos, donde Rino nos esperaba; De unos 50 años, argentino cachondo y gracioso, no dudó en empezar a vacilarnos desde el primer minuto, lo que me faltó tiempo para entrar al trapo a mi…y a los 15 minutos éramos como amigos de toda la vida. Nos trataron genial, se tiraron toda la tarde con la moto, así que contra nuestros planes tuvimos que pasar allí la noche, en Trelew, donde probamos el cordero patagónico que nos sirvió una hermosa muchacha, especialmente después de los 3 litros de Quilmes que nos metimos entre pecho y espalda, en el restaurante La Casona (recomendado por Rino), y dormimos la Quilmes en el Hotel Galicia.
A la mañana siguiente, miércoles (ayer), nos dirigimos de nuevo hacia el taller (a cuatro cuadras del hotel), y Daniel seguima mirando de donde perdía refrigerante, ante la insistencia (y profesionalidad) de Mariano, que en todo momento estuvo conectado por teléfono con ellos para resolver la incidencia.
Finalmente, y ante la ausencia de razones, colocamos el nuevo radiador que Mariano había enviado urgente desde Bs As, para evitar problemas. Y así, nos despedimos de esta gente (Rino, Pablo, Daniel, etc…) que tan bien nos trató y que buenas risas nos echamos en aquel taller. A Pedro le dio pena sobretodo despedirse de Valentino, el pastor alemán que nos ayudó a echarnos más risas si cabe, y que tan buenas migas hizo con Pedrín. Y sí, lo de Valentino es por Rossi, aquí son unos forofos de Il Doctore…
Y ahí comenzó la etapa más dura hasta el momento, pusimos rumbo a Comodoro-Ribadavia, con el temido viento fuerte que pega siempre de oeste a este, es como si todos los chilenos soplasen a la vez hacia Argentina, y después de casi 400 kms llegamos a la ciudad de YPF, el petroleo. Nuestros cuerpos estaban tan cansado que cenamos en el hotel, nos pusimos a ver el primer gran clásico River-Boca (como un Madrid-Barsa aquí) tirados en nuestras camas pero apenas oimos el empate de Palermo en el minuto 25 de la primera parte, el cuerpo pedía el deseado descanso del guerrero. El viento en la moto durante 400 kms hace que todos tus músculos se tensionen, en especial el cuello y los brazos, por lo que echarte en una cama es sinónimo de no volver a levantarte hasta la mañana siguiente. Por cierto, ganó River 1-3.
Esta mañana de jueves mi preocupación se centraba en ver si la moto seguía perdiendo refrigerante. No es un tema grave, además llevo un pequeño bote para ir echando, pero es mejor controlarlo, y algo ha podido perder. La ruta de hoy, os la contaremos mañana, con algún video muy interesante incluído, por que ha sido muy divertida y expectacular…
Bailando con Lobos (Fotos y vídeo hablan por si solos… ESPECTACULAR)
Otra Argentina, otra gente, otra aventura
La noche del sábado la pasamos en el hotel Península Valdés que comentamos en la última entrada. Nuestras motos habían llegado más cansadas incluso que nuestros traseros, no en vano la temperatura de mi Transalp se disparó hasta los 120ºC, lo cual no debería de ocurrir, y en nigún caso pasar de los 105.
Mariano contactó con nosotros desde Buenos Aires para darnos las primeras explicaciones de nuestro proceder: “Mirad el radiador derecho, delante del depósito, hay un tapón, comprobad el líquido y si pierde rellenar con agua destilada. A 60 kms de allí tengo un amigo con un taller, el lunes os acercáis, etc., etc…”
Nos levantamos el domingo y, después de un apetitoso desayuno buffet del hotel con vistas al mar, bajamos a hacer la revisión pertinente de nuestras queridas: que si yo creo que es esto, que no, que es esto, espera abre aquí… ni idea. Todo esto estaba sucediendo en una esquina del garaje del hotel, cuando una señora pasó por casualidad por allí y, como es habitual en esta buena gente, nos preguntó que de dónde éramos, a dónde íbamos… respuestas habituales en nosotros y, justo cuando se disponía a abandonarnos, de nuestras bocas surgió la pregunta inocente de “Señora, no conocerá usted a alguien que sepa de motos por aquí?” Bueno, resulta que esa señora era la dueña del hotel y a su hijo, Dario, le encanta desmontar y montar sus quads, motos, etc… La señora no dudó en llamarle y apenas habían pasado 5 minutos Darío ya estaba metido en faena. Total, que después de una hora de charla, unos minutos de espera mientras Darío iba a la gasolinera a comprar agua destilada para rellenar el refrigerante, tema solucionado. Así, sin más, porque sí, porque son buena gente y te ayudan (¡Gracias amigo Darío!).
Es curioso cómo son las cosas, unas horas antes nuestro presupuesto se había disparado por tener que quedarnos en la única habitación de la ciudad, un buen hotel mirando al mar y, finalmente, el hijo de la dueña es quien nos saca de un apuro.
Eran ya las 13h, domingo, después del check out nos fuimos a recorrer la Península Valdés (si veis el mapa de ayer, delante de Puerto Madryn sale una península enorme). Este trozo de tierra megaprotegido se encuentra a unos 100 kms. al norte de Puerto Madryn (donde nos estamos quedando estos días), y tiene un perímetro de unos 300 kms. Previo paso por caja a la entrada, nos dispusimos a recorrerla en busca de lobos marinos, pingüinos y, si había suerte, orcas (ballenas en julio y en agosto solo).
Al estar tan protegida, no hay ni asfalto, y fue nuestra primera experiencia en ripio (gravilla-tierra). Si la aventura estaba siendo increíble hasta ahora, solo tenéis que mirar las fotos para ver que disfrutamos como enanos. estuvimos varias horas por esos caminos, parando, haciendo fotos, descansando, viendo los lobos marinos, los pingüinos y empolvando las motos y nuestra ropa como los gauchos hace 100 años hacían con sus caballos.

CARRETERA DE RIPIO POR PENÍNSULA VALDÉS
Y así, ya de noche, regresamos a Puerto Madryn, a descansar. Nada más llegar al hostal nos dijeron que un tal Darío había pasado por allí a preguntar qué tal le habían ido las motos a los dos españoles de las Transalp, todo un detalle, una pena que no coincidimos. Esta tarde nos acercaremos a despedirnos de él, mañana seguimos rumbo al sur y abandonamos Puerto Madryn, donde hemos pasado 3 días estupendos.











































